BIBLIOTECA DE CULTURA TRADICIONAL ZAMORANA

Antruejos y Carnavales en la raya hispano-lusa

  • 02/03/2019

Antruejos y Carnavales en la raya hispano-lusa: los carnavales y cencerros de Villanueva de Valrojo
Ensayo antropológico de una fiesta

 
 
Colección: Biblioteca de cultura tradicional zamorana BCTZ 43
Autores: Manuel Berea Patrón
Páginas: 223
Lengua: Español
Editorial: Editorial Semuret, S.L
Año edición: 2019
Plaza de edición: Zamora
ISBN: 978-84-948901-5-4
P.V.P.: 15,00 EUR


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Prólogo

A medio camino entre una etnografía de comunidad y una etnografía de viaje, este libro vuelve sobre un viejo tema de los estudios antropológicos, el Carnaval, que en España ha tenido antecedentes tan relevantes como el de Julio Caro Baroja, que se publica en 1965, pero el mismo Caro advierte al comienzo de su libro que es una revisión de parte de los trabajos que realizó para su tesis de doctorado en los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil (hacia 1934). En esa obra, en un intento de mostrar la amplia diversidad en Europa y en España de las formas festivas carnavalescas, expuso tres modelos de fiestas de invierno que él asumió en cierto modo derivados de antiguas fiestas romanas. Con ello se desmarcaba de una corriente, liderada en Europa por Mannhardt y Frazer, que propugnaba un modelo único dependiente de una concepción mágico animista en torno a un “espíritu vegetal” manifiesto en las mascaradas de invierno. Los datos etnográficos que Caro Baroja recogió le llevaron a reconocer una amplia variedad de personajes que pululaban no solo por los Carnavales sino por todo el tiempo festivo invernal en numerosas poblaciones del norte y centro peninsular. Sus nombres ya por sí mismos constituyen todo un repertorio de palabras remotas con connotaciones muy sugerentes. BouzaBrey para el área sur gallega listaba “choqueiros, lanceiros, madamitos, velos, maragatos, muradanas, felos, borralleiros, murrieiros, irrios, cocas, charrúas, troteiros, cigarrons”. En el Centro, “botargas, mascaritas, enmascarados, zagarrón, zancarrón, zafarrón, mazarrón”; y en comarcas de León, “guirrios y antruejos, guirrios y madamas, vejigueros, gomia, birria, jurrus, xiepas, paparrajos, juanillos, arrumacos, cachiporra, encisnaos”. Los personajes de la vijanera –ya en Cantabria– entre ellos, los “zarramacos, osos, mancebos, traperos, viejos, etc.”. Y en distintos sitios, personajes singulares como el “cipotegato, el jarramplas”, o también en grupo como las “carantoñas”, etc. Son, pues, una multitud de personajes de difícil clasificación que delinean los múltiples horizontes del “Otro” en las sociedades tradicionales: animales temidos, oficios marginales, etnias marginales, deformes, harapientos, personajes burlescos, locos, y también demonios, ficciones y ensoñaciones. En algunos casos, sombras de un supuesto pasado remoto inidentificable.

Mientras en las ciudades y áreas de influencia las máscaras de Carnaval exploraban a los Otros a lo largo y ancho de la escala social y del mundo de las instituciones, bajo ese patrón que se denominó la inversión de roles, de papeles sociales, en muchas sociedades rurales pervivieron en parte aunque también se fueron modificando con el tiempo como personajes carnavalescos figuras que se encuadran en un imaginario aparentemente arcaico. Para su formación, es decir, para su enmascaramiento, se empleaban “materiales” del entorno: pieles, trapos, arpillera, vegetales, corcho, ceniza, carbón, etc. Más que inversión de roles según el patrón de la escala social, pero en todo caso pendiente de la moda y la modernidad, la inversión que buscan estas figuras entre animales y humanos, marginales y socializados, pareciera también una inmersión en el imaginario arcaico, en cierto modo un retroceso. A diferencia de otras fiestas en el ciclo anual, Antruejos y Carnavales parecían puertas temporales de retorno de los tiempos antiguos como una ficción digna de ser abordada festivamente.
Hay otro contraste entre los carnavales de ciudad y los de áreas rurales que se sitúa en los modos de la sociabilidad de las máscaras. En los primeros las máscaras están generalizadas y en algunos contextos son exigidas para la participación festiva, mientras que en muchas áreas rurales estos personajes son únicos o bien sólo son un grupo frente al resto (mujeres, niños, forasteros, vecinos en general) y con el cual se encaran para fustigarles, embestirles, arañarles, tiznarles, encenizarles, mancharles con vino, gachas, etc. Y, en algunos casos, convertirse en chivos expiatorios sobre los cuales el resto, es decir, la comunidad, descarga la burla o incluso la ira colectiva. Es decir, la socialización de las máscaras (los Otros rituales) que ocurre por medio de la fiesta viene siendo una especie de enfrentamiento (una versión no muy distinta de la batalla entre Don Carnal y Doña Cuaresma) del cual la comunidad sale aliviada de males, purificada o bien fecundada, revitalizada. Ese enfrentamiento dramatizado en las prácticas festivas en otras épocas fue también ocasión de peleas, riñas, venganzas, con episodios trágicos. A veces las burlas se tornaron en veras. Y tanto en las ciudades como en las áreas rurales el desorden y caos social fue a veces una amenaza real, al menos temida por las autoridades y la Iglesia que en numerosas ocasiones prohibieron estas celebraciones o intentaron limitarlas.

En tiempos recientes se ha producido en muchas poblaciones rurales un cambio notable de sentido no solo, pero también en la celebración de los Carnavales. Este libro de Manuel Barea lo refleja muy acertadamente. Muchas poblaciones del centro peninsular han sufrido a lo largo del siglo XX un deterioro demográfico profundo. La emigración, además, que afectó de manera mucho más acusada a las cohortes jóvenes, ha tenido como consecuencia la elevación de la edad media de los residentes y por tanto el predominio del sector de los mayores. La vida económica y social de las comunidades locales se ha resentido notablemente. En particular el ciclo festivo ha quedado muy reducido, apenas se mantienen unas pocas celebraciones a lo largo del año, como la fiesta patronal, y contando con el retorno al menos parcial de los que emigraron. Tras un cierto periodo de abandono y casi olvido de tradiciones festivas en muchas poblaciones se han generado programas de recuperación y revitalización de algunas de ellas, ya sea por iniciativa ciudadana, de asociaciones culturales o de grupos de arraigo local, ya por estímulo institucional. Los objetivos de estas recuperaciones apuntan en varias direcciones. Por un lado, suelen integrarse dentro de planes de desarrollo local y en particular con el intento de generar una oferta turística con varios atractivos –paisaje, ocio rural, gastronomía, fiesta que proporcione trabajo y algunos ingresos económicos. Por otro lado, se acometen como estrategias de revalorización, acogiéndose a la categoría institucionalizada de “patrimonio cultural”, al que se le reconoce no sólo como expresión de identidad sino también por sus rasgos de singularidad, antigüedad, estética y de algo no fácilmente objetivable, pero especialmente apreciado, autenticidad.

Los Carnavales eran y siguen siendo un modelo de fiesta participativa que facilita en esta era de globalización los encuentros entre el mundo local y el mundo de los que emigraron a las ciudades, ampliados ahora a encuentros entre nativos y turistas, y a encuentros entre residentes de poblaciones locales que comparten prácticas festivas y son capaces de organizarse para redimensionar sus recursos.

La patrimonialización de las prácticas tradicionales ha sido llamada por algunos autores, una “segunda vida”, pero en cuanto a las fiestas y en especial los carnavales cabe decir que muy probablemente se perdieron y se regeneraron varias veces y asombra su presencia a lo largo del tiempo no sólo como revitalización, sino lo que es más importante como pervivencia, vitalización de las propias comunidades locales, manteniendo los vínculos sociales y ampliándolos, lo que significa, proyectarse en el futuro. En el fondo no es tan paradójico como parece proyectarse al futuro empleando para ello máscaras y acciones rituales que remiten al pasado.

Manuel Barea ha realizado en este libro un minucioso trabajo de documentación y etnografía que permitirá al lector ayudar a comprender ese cúmulo de paradojas que la experiencia carnavalesca suele conllevar.

Honorio M. Velasco
Catedrático Emérito de la UNED


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