Novela

‘Tres meses de verano’ de Óscar González Velasco

  • 03/07/2015

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TRES MESES DE VERANO

Autor: Óscar González Velasco
Lengua: Español
Editorial: Desván
Año edición: 2015
Páginas: 228
ISBN: 978-84-943420-9-7
PVP: 14,95€

 
Introducción

“Algunos ya conocíais mi afición a la literatura, y que llevo escribiendo (más o menos seriamente) desde hace unos diez años: comenzó como una afición que se ha transformado en pasión, y hoy por fin, después de un inmenso esfuerzo, he conseguido mi primera meta. Para mí es un enorme orgullo poder empezar a formar parte del mundo de la cultura, algo para mí esencial en nuestra sociedad, y que hoy está tan maltratada, sin justificación posible; espero con ello poner humildemente mi granito de arena para reconstruir la montaña.
Me ha llevado dos años escribir esta obra, habiéndola finalizado hace ya un año y medio, durante el cual creo haber limado sus impurezas hasta conseguir una novela bastante madura. Ha sido un libro difícil de escribir, puesto que surge y nace de una etapa extremadamente dura de mi vida; es por eso que en él me encontrareis tal como soy. Advertir que el primer objetivo de la novela es hacer reflexionar, y aclarar que el segundo es hacer pasar un buen rato ante el papel. No pretendo hacerme de oro (de hecho, ganaré menos, con el intento de hacer la obra más asequible), porque estoy convencido de que, y no es una frase vaga: la cultura es parte fundamental de nuestra sociedad (como dijo aquél: sapere aude).”

_Óscar González Velasco

 
Extracto

Alaska, EEUU 1914

–Viejo, ¿en qué piensas?
–Pensaba en una muchacha, y una tarde de verano. Está caminando por la playa, pero no una playa de hielo y de roca como las de aquí; es una playa de arena dorada. Hace calor pero está extrañamente nublado, como un gran rebaño de nubes asustadas, denso, con pinceladas blancas de luz; es imposible decir dónde acaba el mar y dónde el cielo.
El joven observaba la mirada del anciano. Siempre le hacía la misma pregunta cuando le encontraba soñoliento, y él siempre respondía lo mismo.
–Ella parece indiferente a la escena: mira el arco que dibuja la playa a lo largo de la costa y cómo el mar de un profundo azul zafiro, pero triste y sin brillo, acecha tras las olas; no estoy muy seguro de lo que está sintiendo en ese instante, puesto que ante la inmensidad del océano todo el mundo duda de su razón. Recuerdo el viento chocando contra mi piel, es extraño porque en ese momento no parecía sentirlo, pero lo recuerdo. Mi pie derecho está semihundido en la arena y esa sensación cálida contrasta con el frescor del aire en mis piernas.
Me acerqué a ella lentamente. Ahora puedo escuchar mis pasos sobre la playa como el sonido de mil caricias sobre mi áspera piel. Estoy seguro de que no las escuché, pero las imagino como algo que de verdad ocurrió. Es maravilloso cómo una simple escena en tu memoria, al ser azuzada por los años, se va llenando de matices que nunca existieron completando algo perfecto.
Cuando estuve lo suficientemente cerca pude ver su perfil, y en su mejilla una lágrima, una única gota, de un agua muy dulce. No recuerdo el motivo por el que lloraba, pero debía ser una de nuestras estúpidas riñas de jóvenes enamorados, de esas que no llegan a ninguna parte y se olvidan tan pronto como se las lleva el viento.
El viejo, y el joven que siempre le acompañaba, se encontraban de camino al bosque. La nieve lo cubría todo, y permanecería así buena parte del año; únicamente en los meses de verano, y quizá primavera, quedaba al descubierto la tierra helada de Alaska.
El abuelo había vivido casi toda su vida allí y era capaz de guiarse por el bosque, estuviese nevado o no. Todo lo había aprendido cuando era un niño de los jefes de aquellas tierras (los inuit) y de su padre, que fue gran amigo de aquellos indígenas. El joven inuk que lo acompañaba, de ojos rasgados y tez algo morena, aprendía ahora del anciano, que era respetado por los inuit. Aunque el resto del pueblo le consideraba simplemente «un viejo que se comporta demasiado como un viejo».
El chico puso su mano en el hombro del abuelo y seguidamente le dio unos ligeros golpecitos. El anciano despertó de sus pensamientos y ambos continuaron andando.
Al joven inuk le gustaba estar con aquel anciano cazador: tenía profundos sentimientos por la naturaleza, como la gente de su raza, y sabía leer la tierra y los árboles. Se sentía bien en su compañía y le ayudaba cuando su mente le hacía alguna mala jugada debido a su edad.
En su camino el abuelo sorteó una pequeña rama con gran dificultad, sus huellas eran profundas y de paso seguro sobre la nieve. Habían cruzado ya el pequeño altozano que separaba el pueblo de las primeras espesuras, más allá un serrijón se extendía a su izquierda, tras él se escondía un gredal que todo el mundo trataba de evitar. A ambos lados del sendero el hielo invernizo se posaba sin piedad sobre la verdioscura fronda y también sobre los pegujales de algunos honrados trabajadores.
Se dirigían a colocar unas cuantas trampas para liebres cerca de aquel lugar. La gente del pueblo solía comprarle alguna pieza de caza por lástima o compasión; el viejo apenas necesitaba dinero ni compañía para vivir y apenas sí comía algo de pescado o alguna de las enjutas liebres que conseguía atrapar con tanto esfuerzo.
Analizaba el terreno con sus ojos curtidos por los años, no detenía su mirada más de dos segundos en un mismo punto y miraba de derecha a izquierda buscando cualquier pista que pudiera servir a su instinto cazador. Cada pocos pasos se agachaba fatigosamente y limpiaba suavemente con tres dedos la superficie nevada, como aquel que quita unas motas de polvo de una mesa con la palma de su mano. El joven inuk no estaba muy seguro de la utilidad de ese pequeño gesto, simplemente parecía ser una vieja manía que ayudaba al anciano a pensar.

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Sobre el autor
De Salamanca.

 
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Página del autor en Facebook: @Óscar G. Velasco

 
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